En la etapa adolescente de nuestros hijos e hijas muchos padres en la búsqueda de complicidad con sus chavales se preocupan en exceso por la cuestión de la comunicación. Normalmente, esto empieza a ocurrir alrededor de los 13 o 14 años de edad, donde se pasa de una relación con un niño o niña que todo lo compartía con los padres a una relación donde, por más que insistan, padres y madres saben muy poco o más bien nada de la vida de sus hijos.

Vamos a partir de algo a considerar y es que la comunicación entre padres e hijos es asimétrica ¿cómo?… pues eso, que nuestra edad, cultura, educación e historia es absolutamente diferente. Así que, lo primero para favorecer la comunicación con nuestros chavales es aceptar y entender esta asimetría.

Es normal que al adolescente le toque, en esta etapa, “separarse” de sus padres. A esta edad se construye su autonomía e intimidad, por lo tanto, ellos y ellas, consideran que ciertos aspectos de su vida son privados e íntimos. Para muchos padres acostumbrados a compartirlo todo con sus hijos esta situación comienza a acarrear conflictos familiares. A veces, en esta etapa, los conflictos son la forma natural y única de comunicación en la familia.

Así que los chavales para evitar tales tensiones optan a su vez por no hablar con sus padres, para que no se enfaden, preocupen, griten o monopolicen la conversación hacia un mismo tema, normalmente los estudios.

Entre esto, y lo propio de su edad, los chicos y chicas, muy cansados de la misma matraca, se encierran en “su cueva”, su habitación, como una forma de buscar esa intimidad y privacidad… y  lo hacen por horas, pensando es sus historias, jugando a la play, en redes sociales, viendo series, escuchando música… wasapeando.,.. e incluso, a veces, estudiando, en fin. Parece que muchos hemos sufrido una especie de amnesia temporal de cómo fuimos a esta edad.

Padres y madres, por otro lado, muy preocupados por los cambios de sus hijos, de repente, empezamos a confabular y a atribuirles algún tipo de trastorno mental o enfermedad… o vete a saber! , la imaginación da, en este sentido, para mucho. Y, para recuperar la complicidad perdida y la confianza de repente se nos ocurre empezar a hacer preguntas como:

“¿Qué has hecho hoy?, ¿con quién has estado?, ¿has ordenado tu habitación? ¿has estudiado? ¿has ido a clase?  …” De forma que creemos que la forma correcta de comunicarnos con nuestros adolescentes es algo parecido a una especie de interrogatorio policial.

Hemos de reflexionar sobre qué clase de comunicación entablamos con nuestros hijos y si esta forma de hacerlo nos acerca a lo que queremos (complicidad). Y también, qué priorizamos, que recojan la habitación o mejorar la relación familiar. Por suerte un acercamiento afectivo y asertivo será suficiente para mejorar la relación y, a su vez, con mucha suerte, también, recojan la habitación.

Vamos a partir de algo, y es que la comunicación normalmente conlleva malentendidos. Generalmente el mensaje del que comunica está tamizado por quien lo escucha. En definitiva, la comunicación, comportamiento verbal, tiene consecuencias en los otros y en nosotros mismos (frustración, sentimientos de culpabilidad, vergüenza…)

Por ello, no hagamos que la comunicación desgaste y canse en la familia, sobre todo, por la insistencia y la repetición continuada de preguntas tipo interrogatorio.

Así que, como el anuncio de IKEA, si tenemos dificultades en la comunicación con nuestros hijos e hijas adolescentes primero tendremos que valorar y reflexionar qué es lo que pasa con nosotros, sobre todo con nuestros propios miedos y expectativas. No exijamos a nuestros hijos que dejen los móviles cuando nosotros andamos enganchados, a la TV, ordenadores, etc (un poco de coherencia!).

Vivimos bajo un dilema y una realidad social, las tecnologías nos invaden, aceptar esto también ayudará a entender que vivimos en otros tiempos, en los que necesariamente tendrá que haber límites, normas y reglas, absolutamente para todos (hijos y padres) a modo de contrato de contingencias o consecuencias, y, sobre todo, ser y comportarnos en el mundo siendo referencia en valores y actitudes para ellos. No pidas a tus hijos que cuenten y hablen lo que nosotros no somos capaces de comunicar, no demandes a tus hijos e hijas que vivan en este mundo sin aprender los recursos necesarios para afrontarlo…(autonomía, tolerancia a la frustración, gestión de la rabia, toma de decisiones… confundirse, pasarlo mal…)

Quizá es momento de cuestionarnos si su forma de comportarse (mentir, acudir al consumo adictivo de sustancias, abandonar los estudios, desafiar….) tiene algo que ver con nosotros (miedos, expectativas, sobreprotección, permisividad, autoritarismo, control…) y la educación que les proporcionamos.

No todo es tan complicado, lo sé y así lo creo, verdaderamente. Aunque aún podemos mejorar y tenemos mucho trabajo por delante. Un trabajo bonito y motivante.

Psicología y Educación Social

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