Uno de los temores que muchos chicos y chicas adolescentes tienen actualmente es perder el contacto con sus amistades. Para ellos y ellas esta situación, imaginada o real, se vive como un proceso de dolor intenso, como una vivencia de abandono. Las emociones que surgen ante esta percepción, normalmente anticipatoria, son miedo a la soledad y ansiedad ante la posible pérdida o ruptura.

Los cambios que implican este período de su desarrollo, porque las relaciones fluctúan y cambian como un proceso natural propio de su evolución normal, son vividos en la adolescencia como un conflicto o sucesión de conflictos. Sin embargo, en este proceso de cambios, la capacidad de resolución para afrontarlos dependerá de su capacidad asertiva y su maduración.

Se trata de aprender las habilidades sociales adecuadas para poder resolver tales conflictos, naturales en esta etapa evolutiva.

Normalmente, en este período, a muchos chicos y chicas adolescentes, les cuesta hacer autocrítica y, las respuestas impulsivas son muchas veces arrolladoras e incontrolables a la hora de afrontar las frustraciones que se les presentan en sus relaciones.

Para ellos y ellas, algunas formas de afrontamiento suelen ser el desahogo emocional (llorar, gritar…) o la huida (ruptura inesperada de las relaciones), dando lugar al aumento de probabilidades del cumplimiento de su miedo al abandono en forma de profecía autocumplida.

Les cuesta centrarse en la resolución de conflictos de forma asertiva acudiendo a otras mucho más destructivas, agresivas e impulsivas. Probablemente para demandar cuidado y atención. Conductas aprendidas, en su mayor parte, a partir de creencias, y valores, que no favorecen relaciones sanas, muchas de ellas adquiridas en contextos familiares que han de ser revisadas en consulta (estilos educativos sobreprotectores y demasiado exigentes).

Desde una terapia adecuada, y acompañamiento psicoterapéutico, los chicos y chicas adolescentes podrán tomar conciencia de las consecuencias y costes de su propia conducta. Principalmente desde un análisis funcional de la misma, evaluando las causas , mantenimiento y los costes de dicho comportamiento destructivo y, desde ahí, adquirir nuevas formas de afrontamiento mucho más constructivas.

Dicho aprendizaje les ayudará a adquirir mayor capacidad asertiva, desde la madurez y la flexibilidad psicológica, que les permita entender y tomar mayor conciencia de las causas que existen detrás de sus respuestas agresivas e impulsivas frente a los conflictos y poder conectar con otros valores relacionales que les ayuden a construir relaciones mucho más sanas y maduras.